Colombianos, el 31 de mayo salimos a votar

Fuente de la imagen: Pontificia Universidad Javeriana

Colombianos, el 31 de mayo salimos a votar. Y lo que está en juego no es solo un nombre en un tarjetón. Es el alma de una nación.

Colombia llega a estas elecciones cargada de heridas: una "paz total" que se convirtió en impunidad disfrazada, una economía que no despega, una inseguridad que avanza sin freno, y un Estado que bajo el gobierno de Gustavo Petro parece haberse puesto del lado de los que delinquen, no de los que trabajan y pagan impuestos. El sucesor que elijamos no solo heredará un cargo: heredará las consecuencias de cuatro años de experimento socialista. Por eso el voto de este año no puede ser un acto rutinario. Debe ser un acto de conciencia.

A un mes de las elecciones, las encuestas muestran a Iván Cepeda como el claro puntero, situándose entre el 38% y el 40% de intención de voto en primera vuelta, aunque los datos apuntan a que no alcanzaría la mayoría necesaria para ganar sin segunda vuelta. Detrás de él, Abelardo de la Espriella aparece con el 23,9% y Paloma Valencia con el 22,8%, los dos candidatos de la derecha disputándose ese segundo boleto al balotaje. Que la izquierda lidere las encuestas no debería paralizarnos. Debería despertarnos.

Iván Cepeda nació en Bogotá, Colombia y tiene 63 años.

Iván Cepeda no es una sorpresa ni una novedad: es la profundización de lo que ya vivimos. Su candidatura representa la continuación del proyecto político de Petro, con la misma visión de Estado expansivo, la misma doctrina de negociación con el crimen, la misma agenda social que ha puesto en jaque a la familia y las instituciones. Votar por Cepeda no es apostar por un cambio: es firmar la prórroga de un modelo que ya mostró sus límites y sus costos.

Paloma Valencia nació en Popayán, y tiene 48 años.

Paloma Valencia es una mujer capaz, de convicciones claras, y durante años fue una voz firme del conservatismo en el Senado. Pero la política es también coherencia, y la elección de Juan Daniel Oviedo como fórmula vicepresidencial abre una grieta difícil de ignorar para quienes votamos desde los valores. Oviedo, con posiciones progresistas en temas como el aborto y la ideología de género, contradice directamente los principios que Paloma dice defender. Una fórmula que se contradice a sí misma no puede gobernar con firmeza. A eso se suma que Paloma encarna, a pesar de sus virtudes personales, la continuidad de una clase política que lleva décadas alternándose el poder. En una elección donde el hartazgo con la casta tradicional es uno de los motivos más profundos del voto, ella no logra encarnar el cambio real que Colombia necesita.

Abelardo de la Espriella nació en Bogotá, criado en la costa colombiana y tiene 47 años.

Abelardo de la Espriella es otra cosa. Ha sido claro desde el principio: "Yo no defiendo ideología. Yo defiendo a la familia como núcleo fundamental de la sociedad, la creencia en Dios." Esa declaración no es retórica de campaña: es el eje de un proyecto político construido desde afuera del establecimiento. Su narrativa interpela directamente a quienes "nunca han vivido del Estado, nunca han dejado de pagar impuestos, nunca se han quejado y han salido a trabajar" —la Colombia productiva, las familias que se sostienen solas, los empresarios, los trabajadores que no esperan que el Estado les resuelva la vida. Sin partidos tradicionales detrás, aliado con sectores cristianos, De la Espriella construye su candidatura como el verdadero outsider de esta contienda, un candidato que no le debe favores a la clase política que nos trajo hasta aquí. Sus propuestas son concretas: acabar con la "Paz Total" porque ese modelo solo sirvió para posicionar a los bandidos, con una ofensiva contundente contra estructuras criminales desde el primer día; reactivar los hidrocarburos para recuperar la soberanía energética; desmontar la carga tributaria que ahoga a las empresas; y rescatar el sistema de salud con inversión inmediata. Su movimiento, Defensores de la Patria, defiende abiertamente la fe cristiana, la libertad, la familia y la autoridad legítima —no como concesión electoral, sino como convicción.

En la batalla cultural que vivimos, el abstencionismo es una rendición. Quedarse en casa el 31 de mayo no es neutralidad: es cederle el campo al adversario. Las encuestas muestran que en segunda vuelta, la derecha tiene los números para ganar: Paloma Valencia derrotaría a Cepeda y Abelardo de la Espriella lo empataría. El voto en primera vuelta define quién llega a esa segunda oportunidad, y dividir la derecha es regalarle el país a la izquierda.

Colombia necesita que quienes creen en la familia, en Dios, en la libertad y en el trabajo honesto salgan a votar con convicción y sin vergüenza. Salga a votar. Vote con sus valores. Y vote pensando no solo en los próximos cuatro años, sino en el tipo de Colombia que quiere dejarle a sus hijos.

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