Calles visibles, pobreza invisible: por que la indigencia es más visible en el Norte que en América Latina

Para una persona que tiene un par de viajes internacionales en su mochila resulta fácil identificar un factor que se repite en las grandes ciudades del mundo occidental, especialmente en Europa y América del Norte (sin olvidar Buenos Aires): la presencia visible y permanente de personas sin hogar. Colchones en la puerta de edificios, carpas en parques, individuos durmiendo en estaciones de metro, aceras y puentes forman parte del paisaje urbano cotidiano.

El problema trasciende lo individual y afecta al entorno urbano. Comerciantes y residentes suelen asociar su presencia con aumento de robos, violencia, acoso, desechos biológicos, basura y deterioro del espacio público, así como caída de la actividad comercial.

La pregunta surge casi de inmediato: ¿por qué, si en América Latina existe una pobreza muchas veces más cruda, este patrón de indigencia callejera no se replica en la mayoría de sus ciudades? Hay varios detalles que parecen explicarlo. 

En primer lugar, la pobreza se manifiesta de formas distintas según el contexto. En los países del norte global, la expresión más extrema de precariedad suele ser el “homeless”: personas que viven literalmente en la calle, muchas veces con deterioro severo de sus facultades mentales producto de adicciones o enfermedades psiquiátricas no tratadas.

En América Latina, en cambio, la pobreza extrema se asocia con ingresos insuficientes para cubrir necesidades básicas. Por ende, la mayoría de las personas sí cuenta con algún tipo de vivienda aunque puede llegar a ser profundamente precaria.

Otro factor relevante es el rol de las drogas. En Estados Unidos, Canadá y varias ciudades europeas, el fenómeno homeless está fuertemente vinculado a la adicción, especialmente a opioides sintéticos, metanfetaminas y otras sustancias de alto deterioro funcional. La legalización o despenalización de ciertas drogas ha profundizado el problema. En América Latina se consumen otros tipos de drogas y sustancias de menor costo, con mayor prevalencia de alcoholismo.

El costo de la vivienda constituye otro eje central. En muchas ciudades del norte global, el alquiler consume la mayor parte del ingreso mensual de los trabajadores. La falta de oferta accesible provoca que una pérdida de empleo o crisis personal empuje rápidamente a la calle. En América Latina, la informalidad habitacional funciona como válvula de escape: permite autoconstruir y expandir barrios periféricos. Así, en las periferias urbanas proliferan asentamientos humanos, favelas, villas, ocupaciones ilegales de terreno y viviendas compartidas en condiciones de hacinamiento. 

A esto se suma el marco legal. En Estados Unidos, Canadá y Europa, diversas leyes y fallos judiciales han limitado la capacidad del Estado para desalojar a personas que duermen en la vía pública cuando no existe una alternativa habitacional disponible. Por ejemplo, en Estados Unidos el caso Martin v. City of Boise estableció que no se puede criminalizar el dormir en espacios públicos si no hay refugios suficientes, mientras que tribunales canadienses han reconocido el derecho a acampar en parques bajo la misma lógica (Caso Abbotsford v. Shantz). 

Paradójicamente, las ciudades con mayor concentración de personas sin hogar suelen ser también las que más recursos destinan a programas de asistencia. Informes del U.S. Department of Housing and Urban Development muestran que los mayores focos de indigencia se encuentran en áreas metropolitanas como Los Ángeles, Nueva York o Seattle, que a su vez lideran el gasto en refugios, vivienda subsidiada y servicios sociales. Seattle ha destinado más de mil millones de dólares en la última década a programas de homelessness, mientras que San Francisco supera los 600 millones anuales y Nueva York invierte varios miles de millones en su sistema de albergues.

¿Existe entonces una relación entre asistencia amplia y aumento del fenómeno?

Desde una mirada crítica del welfare state (Estado benefactor), la provisión constante de bienes y servicios gratuitos (refugio, comida, ropa, atención sanitaria) puede reducir los incentivos para la reinserción laboral o la rehabilitación. Se argumenta por tanto que genera dependencia estatal y normaliza la vida al margen de responsabilidades sociales.

Es importante mencionar que incluso cuando existen programas de transición (rehabilitación, capacitación laboral, shelters), muchos homeless los rechazan. Las razones suelen estar asociadas a las reglas que estos espacios imponen: prohibición de drogas y alcohol, horarios estrictos, exigencias de higiene o convivencia. Para personas en adicción, la calle ofrece menos restricciones.

Históricamente, la expansión del Estado de bienestar (welfare state) en Estados Unidos y Canadá durante los siglos XIX y XX buscó sustituir redes tradicionales de asistencia (la familia y la Iglesia) por provisión estatal. Paralelamente en Europa, la Revolución Francesa y los modelos socialdemócratas también profundizaron esta lógica. Asimismo, la autonomía individual y otras ideas del feminismo fueron promovidas como ideales. Sin embargo, críticos sostienen que al reemplazar, en lugar de complementar, a la familia, la comunidad y las organizaciones religiosas, se debilitó el tejido social que sostenía a las personas que atravesaban dificultades.

En América Latina, debido a la menor capacidad estatal, las familias extensas y las asociaciones religiosas continúan cumpliendo funciones clave de contención material y emocional. A diferencia de lo ocurrido en varios países del norte, donde muchos de estos vínculos han sido progresivamente sustituidos por la dependencia del Estado, que no siempre logra suplirlos eficazmente, en la región estos lazos comunitarios siguen operando como primera red de protección.

Desde esta perspectiva, la solución debería ser principalmente preventiva. Implicaría repensar el enfoque asistencialista hacia uno centrado en:

  • El fortalecimiento de la familia y redes comunitarias

  • El Reconocimiento de la naturaleza social ,no aislada, del ser humano

  • Generación de empleo y capacitación laboral

  • Facilidades de acceso al estudio

  • Planificación urbana que amplíe la oferta de vivienda

  • Reducción del consumo de drogas

  • Promover la asistencia psicológica y los programas de rehabilitación, especialmente para jóvenes, veteranos, ex-presidiarios y personas con adicciones.

  • Programas de ayuda condicionados a procesos de reinserción

La asistencia, bajo este enfoque, no debería consistir en dar sin más, sino en ofrecer herramientas concretas que permitan a las personas prevenir la situación y recuperarse de ella.

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