Por qué el arte moderno abandonó la belleza (y por qué debería importarnos)

La Escuela de Atenas ( en italiano : Scuola di Atene ) es un fresco del artista renacentista italiano Rafael . Fue pintado entre 1509 y 1511.

Visitas a un museo y te topas con un lienzo que tiene apenas una línea de color. Yo también podría haber hecho algo así, piensas. Te consuelas diciéndote que tal vez tiene un significado oculto que no logras descifrar y que, por eso, debe valer mucho dinero. Sigues caminando y, a la derecha, ves unas telas acumuladas en el piso; seguro llevan un mensaje político. Probablemente estés en una galería de arte moderno.

Si incluso has tenido que pagar para ver esas piezas y esperabas encontrarte con obras cautivadoras, personalmente me quedaría con la sensación de haber perdido el tiempo, cuestionando si el valor de esos objetos reside en lo que muestran o en lo que nos hacen pensar sobre ellos.

Y es que el arte contemporáneo ha abandonado la búsqueda de la belleza objetiva para priorizar el concepto, la provocación y el mercado. Cuando cualquier cosa puede considerarse arte, la experiencia estética se convierte en una cuestión de interpretación y contexto más que de armonía o técnica.

Pero más que un artículo sobre crítica artística, este pretende ser una reflexión social. Como en cada época, el arte refleja el contexto en el que surge; por ello, lo que encontramos hoy en las galerías se puede explicar a partir de factores que influyen tanto en los “artistas” como en el público en general. Veamos.

El arte moderno ya no persigue la belleza clásica, esa que busca el orden, la proporción, la trascendencia, la armonía y la perfección técnica. El shock ha reemplazado a la belleza: mientras más escándalo, más visibilidad. Consecuentemente, lo feo, lo grotesco o lo vulgar se ha convertido en un recurso artístico. 

Los valores objetivos y lo sagrado han quedado sepultados bajo la estética del caos, y el arte parece más una mercancía de impacto inmediato que una búsqueda de sentido o trascendencia. Además, la cultura del consumo rápido también ha impactado el arte. ¿Cómo esperar que surjan artistas dispuestos a dedicar su vida a una profesión que exige valores que nuestra sociedad no promueve? 

Los creadores contemporáneos ya no buscan representar la realidad tal como es, ni transformarla a través de sus obras; más bien, influenciados por corrientes filosóficas actuales, se dedican a deconstruirla. Los artistas clásicos valoraban la Creación, la humanidad y al propio Creador. Si bien no todos fueron santos ni piadosos, vivían en una época en la que se reconocía la trascendencia del alma y la existencia de una verdad objetiva. En consecuencia, muchas obras se inspiraron en lo divino y en lo humano ideal. 

De hecho, la mayoría de las obras que hoy admiramos en los museos son, en realidad, arte religioso: piezas que emocionan nuestros sentidos y nos hacen suspirar. La Iglesia Católica, como gran promotora del arte, financió y comisionó catedrales, frescos, íconos y esculturas, convirtiéndose en un motor que vinculaba lo artístico con lo espiritual. Pero incluso las obras que no compartían esta temática si buscaban estos ideales.

Entonces, ¿por qué ya no se hacen obras así? Tal vez la respuesta más sencilla es que el arte contemporáneo ya no busca elevar el alma, sino provocar, cuestionar o impactar, dejando de lado la armonía, la trascendencia y la conexión con lo sagrado que guiaron a los grandes maestros del pasado.

En contraposición, en las últimas décadas lo que prima es el relativismo estético, basado en una filosofía nihilista, atea, subjetivista y relativista que niega la existencia de una belleza objetiva. “Todo es arte si el artista dice que lo es”, y quienes determinan qué merece llamarse arte hoy son los críticos y las casas de subastas. El arte se ha vuelto un activo financiero: el valor ya no lo da la obra en sí, sino las galerías y el mercado. Incluso, se nos hace creer que el problema somos nosotros si no apreciamos lo que ellos llaman “pieza artística”.

La pintura "No. 5, 1948" de Jackson Pollock se vendió por 140 millones de dólares en noviembre de 2006, convirtiéndose en ese momento en la obra de arte más cara jamás vendida

Como señala la crítica de arte mexicana Avelina Lesper en su libro El Arte del Siglo XXI: La Estafa del Arte Contemporáneo, el arte moderno es un arte muy segregacionista: si no te gusta, es porque no sabes, no entiendes; el ignorante es el público. En realidad, el arte debería ser un diálogo, pero hoy ha sido transformado en un monólogo endogámico que ocurre entre galerías, curadores y artistas que se autoproclaman como tales, aislando a quienes consumen o contemplan la obra de toda participación significativa.

Así como al descubrir civilizaciones antiguas podemos conocer cómo vivían a través de su arte, al observar las obras de hace unos siglos también vemos reflejada la sociedad del pasado. Hoy, si lo pensamos de esta manera, si los humanos desaparecieran de la Tierra, los nuevos pobladores podrían conocer lo que fuimos a través de las obras actuales. ¿Estamos orgullosos de lo que representan?

Por ello, debemos retomar la búsqueda de la belleza y la armonía en nuestras creaciones: la belleza exterior refleja la armonía interior, y es a través de ella que el arte puede transmitir valores profundos, elevar el espíritu y conectar a quienes lo contemplan con lo sublime de la existencia humana.

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