¿Por qué América está abandonando a la izquierda?
La semana pasada, Colombia acudió a las urnas para elegir a su próximo presidente. Aunque la elección se definirá en una segunda vuelta, el resultado de la primera ronda dejó un mensaje político imposible de ignorar: Abelardo de la Espriella, candidato de derecha, obtuvo el 43,7% de los votos frente al 40,9% de Iván Cepeda, candidato de la izquierda oficialista. La diferencia fue suficiente para convertirlo en el ganador de la jornada y confirmar una tendencia que se viene observando en buena parte del continente.
En Colombia, un candidato presidencial necesita obtener el 50% más uno de los votos para ganar en primera vuelta. Aunque ningún candidato alcanzó ese umbral, ninguna encuesta importante proyectaba a Abelardo de la Espriella como ganador de esta primera ronda, convirtiendo su resultado en una de las mayores sorpresas de la elección.
Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿qué está pasando en América?
La respuesta parece cada vez más evidente. Desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca en 2025, pasando por el fortalecimiento de figuras conservadoras como José Antonio Kast en Chile, Santiago Peña en Paraguay, Daniel Noboa en Ecuador, Javier Milei en Argentina y Nayib Bukele en El Salvador, el continente parece estar experimentando un profundo giro político. Más allá de las diferencias entre estos líderes, todos representan una reacción frente a un mismo fenómeno: el creciente desencanto de millones de ciudadanos con las promesas de la izquierda.
El peso de la tradición cultural
Una de las razones fundamentales es que América sigue siendo, en esencia, una civilización construida sobre fundamentos cristianos.
Durante siglos, las sociedades americanas se desarrollaron alrededor de conceptos como la familia, la responsabilidad individual, la fe, la comunidad y el respeto por las tradiciones. Aunque estas sociedades han evolucionado, esos valores continúan profundamente arraigados en amplios sectores de la población.
Gran parte de la izquierda contemporánea ha optado por confrontar o redefinir muchas de estas instituciones culturales. Para millones de ciudadanos, esto ha generado la sensación de que existe una desconexión entre las prioridades de las élites políticas progresistas y las preocupaciones reales de las familias trabajadoras.
Mientras buena parte de la población demanda estabilidad, orden y preservación de ciertas tradiciones, muchos gobiernos de izquierda han concentrado sus energías en debates ideológicos que una parte importante del electorado considera secundarios frente a problemas más urgentes como la inseguridad, la inflación o el empleo.
El fracaso del socialismo latinoamericano
La crisis venezolana marcó profundamente la conciencia política de toda una generación de latinoamericanos.
Lo que alguna vez fue uno de los países más ricos de la región terminó sumido en una devastadora crisis económica, institucional y humanitaria. Millones de venezolanos abandonaron su país buscando oportunidades en todo el continente. Por primera vez en la historia moderna, América Latina observó en tiempo real las consecuencias del colapso de un modelo político que prometía igualdad y prosperidad, pero terminó produciendo escasez, hiperinflación, persecución política y migraciones masivas.
Cuba representa otro ejemplo. Décadas después de la revolución, la isla continúa enfrentando enormes dificultades económicas y restricciones políticas que para muchos latinoamericanos constituyen una advertencia sobre los límites del modelo socialista.
El bolívar venezolano se ha devaluado tanto que, en algunos lugares, los billetes han terminado teniendo más valor como material para hacer figuras de origami que como medio de pago.
La economía: promesas incumplidas
Otro factor determinante ha sido la economía.
Durante años, muchos movimientos de izquierda prometieron reducir la desigualdad, mejorar el nivel de vida y construir economías más inclusivas. Sin embargo, en numerosos países los resultados estuvieron lejos de las expectativas.
Argentina representa uno de los ejemplos más emblemáticos. Antes de la llegada de Javier Milei, el país enfrentaba una inflación anual superior al 200%, una moneda debilitada, creciente pobreza y una profunda crisis de confianza económica. Millones de argentinos sentían que el modelo político dominante había agotado sus respuestas frente al deterioro constante del poder adquisitivo.
Más allá de los debates sobre las causas específicas de cada crisis, muchos ciudadanos concluyeron que los gobiernos de izquierda no habían logrado cumplir sus promesas económicas fundamentales.
La seguridad se desploma en el continente
La seguridad se ha convertido en una de las principales preocupaciones de los ciudadanos. Desde México hasta Chile, pasando por Colombia, Ecuador y varias naciones centroamericanas, el crimen organizado ha ganado poder e influencia durante los últimos años.
Muchos ciudadanos perciben que diversos gobiernos de izquierda abordaron el problema con excesiva complacencia o con estrategias que priorizaron la negociación sobre la aplicación efectiva de la ley.
En Colombia, por ejemplo, las críticas a la política de "paz total" crecieron a medida que persistían los problemas de violencia en varias regiones del país. Incluso sectores cercanos al oficialismo han reconocido el fracaso en la estrategia.
La popularidad de figuras como Bukele demuestra que millones de personas están dispuestas a respaldar políticas mucho más firmes contra la criminalidad, incluso cuando estas generan controversia entre organizaciones internacionales o sectores progresistas.
Corrupción y pérdida de credibilidad
La izquierda también ha sufrido un importante desgaste por escándalos de corrupción y problemas de gobernabilidad.
En Colombia, el gobierno de Gustavo Petro enfrentó múltiples controversias políticas, cambios constantes en el gabinete y cuestionamientos que afectaron la confianza pública. La percepción de inestabilidad institucional terminó erosionando parte del capital político que inicialmente acompañó al proyecto progresista.
En Brasil, Lula da Silva continúa siendo una figura enormemente influyente, pero también arrastra años de polarización política vinculada a los grandes escándalos de corrupción que marcaron la vida pública brasileña durante las últimas décadas.
El problema se intensificó cuando muchos líderes progresistas llegaron al poder prometiendo ser moralmente superiores a sus adversarios y terminaron enfrentando cuestionamientos similares a los de los gobiernos que criticaban.
Lo que estamos presenciando en América no es una simple alternancia política; es un despertar cultural, económico y social. Millones de ciudadanos han comprobado en carne propia las consecuencias de décadas de promesas incumplidas, modelos económicos fallidos, inseguridad creciente y una visión ideológica que, lejos de resolver los problemas, terminó agravándolos.
Los hechos han hablado más fuerte que los discursos. Los americanos están entendiendo que la prosperidad no nace del control estatal, que la seguridad no se construye con impunidad y que las sociedades fuertes necesitan valores sólidos, instituciones estables y libertad económica. La izquierda tuvo su oportunidad y, para muchos ciudadanos del continente, los resultados fueron decepcionantes. Por eso hoy América está girando hacia otro rumbo con la esperanza de recuperar el futuro.

